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Poco a poco, se está propagando una tendencia basada en el cuestionamiento de la prisa y del deterioro de la calidad de vida, llamada “Slow Attitude”. Este nuevo movimiento invita a retomar valores esenciales del ser humano, como lo son el disfrutar de la familia, de los amigos y del tiempo libre. Sorprendente o no, quienes adoptan esta “actitud lenta” sufren menos estrés, son más felices y aumentan considerablemente su nivel de productividad.
La cultura “slow” se originó hace aproximadamente diez años en Italia, cuando surge el movimiento “Slow Food” (comida lenta), el cual se contrapone al espíritu del “Fast Food” (comida rápida) y a todo lo que este representa como estilo de vida. La “Slow Food International Association”, cuyo símbolo es un caracol, pregona que todas las personas deben comer y beber con lentitud, compartiendo, a su vez, tiempo de calidad con sus seres queridos. | Karina Brocks

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No pasó mucho tiempo cuando el “slow food” y sus preceptos se convirtieron en la base de una tendencia que ha ido evolucionando y que actualmente está presente en más de 100 países, en los que adversa la vida frenética en aspectos individuales y colectivos. Quienes integran este movimiento han llegado, incluso, a proponer la creación de “slow schools” (escuelas lentas) en las que exista tiempo de sobra para el aprendizaje y para impartir una enseñanza sin competitividad. También se está promoviendo la experiencia de practicar “slow sex” (sexo lento), como una mezcla de orientalismo e ideología “new age”, que invita a disfrutar de un encuentro que se desarrolle con calma y serenidad.

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Mayor productividad
Es preciso resaltar que “slow attitude” más que una moda, está siendo concebida como una nueva actitud o forma de llevar la vida, respaldada por especialistas de diversas áreas, entre las que figura la psicología, cardiología, nutrición, dietética y filosofía. Sus beneficios no sólo se aprecian en nuestra salud y en un mayor control de los niveles de ansiedad, sino que se ha demostrado que tiene una relación directa con la productividad durante la jornada de trabajo, lo que evidencia que más horas o más presión no necesariamente se traducen en mayor calidad de productos y/o servicios.
Esta afirmación fue respaldada recientemente por un trabajo publicado en la revista Business Week (versión europea), en la que se señala que los trabajadores franceses, aunque cumplen menos horas (35 semanales) son más productivos que sus colegas americanos e ingleses; en tanto que se aprecia una situación similar en Alemania, en donde muchas empresas instituyeron un tope de 28,8 horas de trabajo a la semana, lo que arrojó como resultado un aumento en la productividad del veinte por ciento.
Los resultados de estas mediciones están impulsando el replanteamiento de las estructuras operativas de empresas en distintos países, las cuales comienzan a tomar muy en serio el hecho de que promover una “actitud sin prisa” no significa hacer menos, ni disminuir la productividad. Significa darle importancia al presente y a lo local, en contraposición a lo indefinido y global. Es despertarse sin el estrés de que lo primero que veas al abrir los ojos sea el reloj y de evitar comer en las mañanas a toda velocidad, si es que tienes la suerte de contar con el tiempo necesario para ello.

En busca de una mejor calidad de vida
Al asumir una “slow attitude” disfrutas de los pequeños placeres de lo cotidiano así como de la simplicidad de vivir y convivir; promueves un ambiente de trabajo menos coercitivo, más alegre, más leve y, por lo tanto, más productivo, por medio del cual todos pueden tener la oportunidad de desarrollar con placer y disfrute sus actividades. Una persona que adopte la “actitud tranquila o lenta” por ejemplo, sale con tiempo suficiente hacia el trabajo para evitar el estrés que genera el tráfico. En los grandes estacionamientos ubica su auto a cierta distancia del edificio principal, para tener así la oportunidad de caminar, ejercitarse y permitirle estar más cerca de la puerta al que llegue tarde.
Esta nueva tendencia se fundamenta entonces en la búsqueda de la armonía, de la tranquilidad, de la salud, la paz y de una mejor calidad de vida; conceptos difíciles de asociar con el caos que se aprecia en las grandes ciudades, en donde diariamente la mayoría enfrenta una férrea lucha contra el reloj, o en un mundo en el que vivimos para el mañana y en el que nuestras verdaderas prioridades, en la práctica, se ubican en último lugar, luego de una interminable lista de deberes y responsabilidades.
“Slow attitude” nos invita a reflexionar sobre lo que es realmente importante en la vida, a disfrutar nuestro presente, a darle menos valor a lo material y, en consecuencia, a disminuir nuestras preocupaciones.

Ciudades lentas

Actualmente, se tiene conocimiento de ochenta “ciudades lentas” en localidades de Europa, Asia y Oceanía. Próximamente habrá una en Argentina y todo apunta a que luego será en México (país en el que la cultura slow ya cuenta con un importante número de seguidores). El concepto de estas ciudades se caracteriza por cumplir en su estructura con siete principios que se oponen al caos y al ritmo acelerado de vida, como lo son: una atmósfera amigable, calidad del espacio urbano, promoción de productos locales, defensa y preservación de la naturaleza, infraestructura, conciencia y divulgación del concepto.
En algunas de estas ciudades, las tiendas cierran jueves y domingos, los bancos operan con horarios flexibles, los automóviles no pueden circular en determinadas zonas, se prohíbe la música amplificada en espacios públicos, muchos restaurantes son atendidos por familias y promueven el consumo de comida casera y sana.



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