Eladio Dieste
Casos y Rostros Marzo 12th, 2007
“No queremos vivir de prestado; rehusemos todo lo que se nos dé hecho; en fin, revelemos un infinito de belleza que nuestros ojos aún no saben descubrir”.
Joaquín Torres García
Latinoamérica, ese gigante que es uno solo y tan diverso, es un gigante herido. Al latinoamericano le cuesta creer en sí mismo, percibir su riqueza cultural, comprender con orgullo que es distinto. Ni Buenos Aires ni Montevideo son Europa. “Y este sudamericano –dijo Torres García–, por más que viva dondequiera, permanecerá lo que es. Quiero decir que tenemos una personalidad”. | Ricardo Avella
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Ignoramos nuestra propia identidad, vivimos de prestado, y nos deslumbramos con una increíble facilidad ante el poder de las grandes naciones: el latinoamericano espera conseguir el prestigio y la eficiencia de un país desarrollado al copiar sus formas de vida, como si en el fondo todo se redujera a un problema de mimesis y apariencias.

“Pero nosotros no vivimos en países que tengan una gran industria y no creo que vayan a tenerla en un plazo muy largo –escribió alguna vez Dieste–; o sea que la situación de nuestras sociedades no es la de aquellas en que se echaron las bases del movimiento moderno y me parece superficial, débil y sentimental apegarnos a actitudes y a maneras de hacer las cosas que nacieron en situaciones sociales que tan poco tienen que ver con la nuestra”. Lo que es adecuado para unos, no siempre es adecuado para otros.
En este problema radica la esencia de la obra de Dieste, que pensó y vivió una arquitectura para Latinoamérica, apegada a las realidades de un pueblo pero sin negarle su derecho a lo sublime y las grandes cosas. Dieste, como el gran Torres García, nos reveló un infinito de belleza que construyó con grandísima inteligencia y una increíble honestidad. Nos legó una obra tan apropiada para estas tierras como solo pudo haberlo hecho un maestro.

Un ladrillo que no pesa nada
la cerámica armada de Eladio Dieste
Eladio Dieste contaba con dos cosas en Uruguay: con una mano de obra artesanal muy capacitada, y con la existencia de un económico y abundante ladrillo de muy alta calidad. “En mi país, por ejemplo, (…) hay una notable capacidad artesanal para la construcción –dijo Dieste–; en el último pueblo encontraremos oficiales albañiles tan hábiles como los mejores, que parecen llevar los ladrillos en la sangre, que solo esperan que los sepamos guiar para hacer cosas que asombrarán. Lo racional, lo económico, lo verdaderamente utilitario, es usar ese capital de notable eficiencia obrera, es que tengamos en cuenta lo que sabe hacer la gente que ha de construir nuestras obras”.
En tiempos modernos, cuando lo tradicional se considera un retroceso o un pecado, Dieste hizo al personal de obra su aliado, y al ladrillo su marca personal. Las realidades de su tierra hablaban por si solas, tan distintas y tan propias, y el ladrillo entonces sustituyó al concreto armado, al vidrio, y al acero del Movimiento Moderno; y la mano de obra artesanal se impuso a la costosa cultura maquinista, a la producción en serie, y la selecta mano de obra especializada. En esos tiempos, Dieste contó con lo que tenía en mano, le parecía la actitud más seria y más honesta, y eligió entonces el camino menos transitado. “Yo no sé si en el porvenir tendremos una civilización maquinista en la que todo se haga por gigantescas organizaciones –llegó a decir–. No lo sé, pero no lo creo ni lo deseo”.
Dieste es un verdadero moderno, un maestro ejemplar, y el uso de materiales y técnicas tradicionales nunca significaron una limitación para él. En cambio tomó el ladrillo para explotarlo y llevarlo a límites inimaginables, dando lugar a formas y estructuras que nadie esperaba del humilde material.
Convirtió el ladrillo en algo moderno, y con muy poco concreto y unos finos hilos de acero, Dieste “descubrió” la cerámica armada y la hizo suya. En sus manos el ladrillo olvidó las típicas formas en que suele utilizarse, y las grandes masas dieron paso a la ligereza, a lo que Dieste llamaba “una danza sin esfuerzo y sin cansancio”. Con la cerámica armada, una magnifica cubierta abovedada puede cubrir grandísimas distancias en un depósito en Montevideo; y la arquitectura se moldea y se contrae con la facilidad que esperaría un niño.

En la Iglesia del Cristo Obrero, en Atlántida, muros y cubiertas se sumergen en un mar de ondulaciones que logran una increíble espacialidad, como podemos observar en la fotografía. Allí (y en toda su obra), “la proeza técnica del ingeniero es también el logro plástico del arquitecto”, porque es la estructura el elemento verdaderamente expresivo. El audaz muro, con un espesor inverosímil, soporta enteramente la cubierta en una especie de guerra contra la columna, una guerra que Dieste librará durante toda su carrera. Y el ladrillo, tan sencillo e ingenuo, da una textura y una calidez al espacio que difícilmente hubiera conseguido el concreto de la modernidad.
En la iglesia de Atlántida, en medio de una pequeña ciudad, extraña la presencia de una obra tan sensible y refinada. Pero Dieste creía en la arquitectura que conmueve, que suspende el alma de quien la habita; y soñaba con extender esa arquitectura emocional a todo lo que viera, enriqueciendo a los hombres, elevando incomparablemente su calidad de vida, porque “(…) el arte no estaría confinado a los museos, viviría en la calle”.
Para Stanford Anderson, decano de arquitectura del MIT de Massachussets, “la obra menos característica de Dieste es también el logro arquitectónico más sutil de su carrera”; llega incluso a calificarla como “(…) uno de los logros arquitectónicos más perfectos de la segunda mitad del siglo XX a nivel mundial”. Se trata de la Iglesia de San Pedro en Durazno, una obra misteriosamente expresiva, profundamente espiritual. Sus paredes parecieran flotar en el espacio, y una línea de luz impide que toquen la cubierta a lo largo de la basílica. Pero es que las paredes son en realidad largas y altísimas vigas, y una vez más el maestro ha convertido la estructura en una forma cargada de significados: en el mundo según Dieste, la poesía nace cuando las palabras son bien utilizadas, como el arte en la arquitectura surge de la buena construcción. El trabajo en ladrillo es también exquisito en San Pedro, donde el más mínimo detalle ha sido cuidado con sencillez y extrema elegancia, y el lucernario que observamos en la fotografía es quizá uno de los mejores ejemplos de la perfección precisa y económica de la obra de Dieste.
Siendo ingeniero, odiaba que le llamaran arquitecto, pero su obra conmueve y emociona como solo puede hacerlo la mejor arquitectura. Y sus ladrillos gritan a Latinoamérica que confíe en sí misma, en su intelecto, sus materiales. Porque el sudamericano tiene una personalidad, y su grandeza la debe construir sin voltear la mirada.
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