México y sus dos caras

Equipaje Diciembre 18th, 2007

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Desde el mismo cielo, Tijuana va pintando su particular y definido perfil. Cuando el avión empieza a acercarse a tierra, por la ventanilla se ve un beige árido como color dominante y se multiplican las canchas de beisbol. El paso de las horas en tierra confirmará ese y otros paradigmas de esta ciudad frontera súper particular. La primera la convivencia permanente de dos culturas, diversas e integradas y la maximización de esa sensación que dejan muchos lugares de México de relación hacia el gran vecino del norte, de odio (aquello de pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos) y admiración al mismo tiempo. Desde el uso del Spanglish, hasta el andar con una gorrita de los Dodgers de Los Angeles gringos y unas sandalias artesanales mexicanas. Esa es otra particularidad, el término Yankee tan popular en otros lugares de latinoamérica, acá prácticamente no se usa. Ellos son gringos (deformación del green go, en referencia a los uniformes de los soldados que EEUU esparció por el sub continente a lo largo de la historia), y todos los que no tenemos rasgos indígenas somos güeros (rubios), aunque -cómo yo- tengamos ojos marrones y pelo al tono.
Por Gonzalo Delgado

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Es que el atractivo principal de Tijuana pasa por explorar sus mitos de frontera e interactuar con la gente de una ciudad que mezcla mexicanos instalados y de paso hacia Estados Unidos, buscavidas dispuestos a todo, como los burritos que pasan cocaína al otro lado, o jóvenes que piensan en emigrar, pero no hacia el norte sino hacia la capital del país. Gringos menores de 21, que con casi todo prohibido en la vecina California cruzan para desbundarse a piacere y con dólares en el bolsillo.

En la noche, uno puede encontrarse desde discotecas chetas de margaritas y música electrónica hasta una zona roja muy heavy a la que, sugerencia, vale ir solo acompañado por locales, y en la que se toma cerveza caliente y las mujeres y travestis se parecen poco a las que Robert Rodríguez hizo famosas en sus películas. Pero sobre todo, tiene para el disfrute de quien gusta de curtirlo, mostradores de boliche donde se pagan rondas, se cuentan historias de cruces ilegales de frontera o noticias de aquel que cruzó y durante un tiempo nada se supo de él, hasta interminables charlas de beisbol de las grandes ligas o de boxeo (los dos deportes favoritos del lugar), como aquella vez en la que la mayoría de la ciudad “le fue” a (hinchó por) Chavez, porque su contendiente había elegido la nacionalidad estadounidense (Oscar de la Hoya) siendo hijo de mexicanos. Chavez perdió porque “estaba viejito”, pero el joven súpercampeón no lo pudo tirar en los 15 rounds, que el mexicano bancó “de puro macho”. Aquella noche del 98, la ciudad se paralizó, hasta el gimnasio municipal, donde días después tocarían “los Enanitos Verdes”, se llenó de bote a bote para ver la pelea en pantalla gigante.

 

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Otra experiencia inolvidable es cruzar la frontera, de ida y de vuelta. En ómnibus o por la tuya. Hacer esa cola interminable en cajas cual supermercado, donde algunos pasamos como por un tubo, y otros son retenidos o rebotados, preguntados y repreguntados y más de una vez humillados en el trato y las referencias. Esa sensación de impotencia, y egoísmo, porque no, de ver que al lado tuyo destratan a alguien por su condición y vos te la tragas en pos de no comprometer tu propio paso. Y ese choque estético indescriptible en palabras, que la película Traffic manifestó en el color pastel de la cinta, de cuando uno cruza de Tijuana a San Diego o viceversa. Una sensación estética reforzada por olores y sabores. Del caos al orden, del beige árido a la ciudad impoluta de maqueta, de los tacos de la calle a los de Taco’s Bell (el Mc Donald’s de la comida Texmex), del mundo real al de la casita de muñecas. Está bueno cruzar, pero se siente mejor volver. Por lo menos si en ello no te va el futuro. Aunque a la vuelta haya apenas unos molinetes que uno cruza sin control alguno y cuando quiere acordar está en calle tijuanense. Aunque uno tenga que transar con los taxis de la frontera, que te apuran por ganarte unos pesos y que te corren, literalmente, si optás por parar a uno de sus colegas que pasan por la calle.

Es una de esas paradas que valen la pena, aunque lejos del turismo tradicional, para aprender de un mundo totalmente distinto al que estamos acostumbrados, a otras cabezas, necesidades y visión del mundo.

 

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Ciudad de México
Inmensamente atractiva, Ciudad de México es otra historia. Muy disfrutable, sobre todo a partir de una oferta cultural gigante y variada. En plan mochilero, el centro histórico es un buen lugar de hospedaje. Con costos de hotelería más que accesibles y una ubicación que, con lo relativa que es la cercanía en tamaña ciudad, te deja bien ubicado para muchas de las visitas que valen la pena. Es cierto que en la noche su población baja notoriamente y que muchos le achacan su falta de seguridad, pero también es cierto que el paso de los años lo ha reforzado de policías en la calle. El de la seguridad es un tema que siempre se le achaca a la capital azteca, concepción que no voy a decir que no existe, pero que me permito relativizar a partir de actitud atenta, estética, no ostensible y precauciones básicas, como tomar solo taxis legales y en los que la cara del conductor coincida con la de la foto del tarjetón que llevan colgados en la guantera, no llevar una súper cámara colgando del pecho o sacar 200 dólares para pagar un taco… Son esfuerzos que valen la pena para disfrutar una ciudad alucinante en su oferta cultural. Si se puede, vale la pena dedicar un día entero al Museo de Antropología y sus aledaños bosque de Chapultepec y castillo de los Niños héroes. Dedicarle un domingo entero, o más, al barrio (Colonia, al decir de los mexicanos) de Coyoacán, incluida la feria del Zócalo (plaza) barrial, y la visita a los museos de Frida, Trotsky y Diego Rivera. En el caso de éste último, vale la pena rastrear su obra por buena parte de la ciudad, en murales que dejó grabados en distintos edificios y lugares públicos de la ciudad, echando un vistazo de la historia y el ser mexicano. El de los muralistas es todo un fenómeno atractivo. No solo por Rivera, también en “las manos” de José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, en particular en el acervo permanente del Museo Nacional de Bellas Artes. Y hablando de Bellas Artes, el museo, y su entorno, todo a mano del centro histórico merece un día entero. Tomando como eje la histórica calle de Tacuba, visitar el museo como punto de partida. Revolver en las mesitas de libros usados a precio de ganga que la calle alberga en sus recovecos. Hacer una parada para hacer un desayuno tradicional en el café Tacuba, (no la banda, está claro) frijoles (porotos) y huevos incluido, que para un viaje mochilero pueden ser una base más que rendidora para buena parte del día. Y seguir la caminata hasta el enorme Zócalo, que incluye para visitar la Catedral Metropolitana, las ruinas aztecas que conviven a su lado, encima de las cuales los españoles construyeron la plaza con sus símbolos, iglesia incluida, y el Palacio de gobierno. Que incluye en tres de sus paredes la historia del país pintada por Rivera.

 

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Estando en la ciudad, existen por lo menos dos tentaciones casi inevitables que suponen salir de ella. Una es la visita a las ruinas de Teohotihuacán, con las pirámides de la luna y el sol como principales atracciones. La otra, una visita a la ciudad de Taxco, un back to the future al México colonial. Y cuando te canses de dar vueltas por los tendederos de venta de plata y tu gente quiera seguir, podés dejarla dando vueltas,  ahí no hay problemas de seguridad, e irte a uno de los hermosos bares que lindan con el Zócalo del pueblo, a tomar unas chelitas (cervezas) en sus balcones que dan a la plaza y la iglesia del pueblo.

Quedarían decenas de cuestiones por contar de esta ciudad apasionante, pero en el cierre, imposible para alguien que le gusta el fútbol, dejar afuera ir a ver un partido al mítico estadio Azteca, sede de dos finales mundialistas, o al Universitario, protagonista de los juegos olímpicos del 68. En fin, solo algunas de las posibilidades que ofrece esta megalópolis atrapante.

 



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