Yacumenza o ruido infernal. Carnavales de otro siglo
Portada Febrero 12th, 2007
El Carnaval en Uruguay se remonta a la época de la Colonia. Su larga historia comienza a mediados del siglo XIX y su tradición tuvo como centro de actividades Montevideo. Comenzó con festejos y tradiciones de la Europa Medieval, que fueron sustituidos por ordenados desfiles y representaciones artísticas. Ya en el siglo XX, los tablados de barrio acercaron otra vez el carnaval al pueblo. Las primeras murgas, de origen español, surgieron a principios de este siglo y cambiaban letras originales de canciones con picardía, humor y sátira. En los años setenta y ochenta jugaron un papel protagónico contra la dictadura como la voz del pueblo. | Laura Federici
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El candombe, en cambio, de origen afro, recrea las prácticas de los negros esclavos en la época colonial. Su tambor es la presencia ancestral africana en el Uruguay. Las “llamadas” tuvieron su origen en las reuniones que hacían los esclavos fuera de los muros de la ciudad. Los negros esclavos montevideanos se cubrían con túnicas de colores y salían a la calle para ir a las murallas, donde se les permitían sus cantos y sus bailes.
Los barrios Sur y Palermo se fueron construyendo para alojar a inmigrantes y esclavos cuando la ciudad comenzó a crecer. El sur más montevideano, los “conventillos” de “Mediomundo” y “Ansina” fueron memorables albergues de historia y cultura afro-uruguaya. En esas viejas casas y patios, llenas de lágrimas, risas y niños, nacía el candombe para convertir el sufrimiento en música. El sonido en libertad.
Con una tradición de más de 150 años, el carnaval uruguayo es manifestación y encuentro con millares de espectadores, decenas de comparsas, murgas, humoristas, parodistas, revistas y personajes que confirman la vida y permanencia de nuestro Carnaval.
El Rey momo levanta al pueblo. El pueblo baila, se pinta, se disfraza. El pueblo reina, porque Momo es carnaval. El nuestro es el más largo del mundo. Dura cuarenta días y cuarenta noches.
Carlos Páez Vilaró
—¿Cómo fueron tus primeros carnavales como espectador? Los Tablados, los festejos, las primeras comparsas.
—Los primeros carnavales que recuerdo fueron los de mi niñez. Nuestra casa estaba situada en la costa de los Pocitos, donde se realizaban los corsos más divertidos en la Plaza Gomensoro. La costumbre era ver girar a las mujeres caminando hacia un lado y los hombres hacia el otro. En esos encuentros de cada vuelta, se realizaban encontronazos basados en el uso de pomitos de éter. ”Pierrot” y “Colombina”, como en el lanzamiento de serpentinas.
—¿Cuándo decidiste pertenecer al mundo del candombe? Pudiste entrar en sus códigos?
—Al tropezar con una simple comparsita movida al compás de unos pocos tambores en los albores de una navidad, me di cuenta que me ofrecía un tema vigoroso para expresarme en la pintura.
A partir de ese momento mi vinculación al carnaval negro prendió en mí como una vacuna, volcándome a componer tanto los candombes de las agrupaciones lubolas como a pintar diferentes aspectos de su vida y su actividad. Cientos de cartones fueron el resultado de ese período, con los que hice mis primeras exposiciones internacionales.
—¿Porqué el tambor; cuándo y porqué?
Mi asistencia a las “llamadas” desde hace medio siglo, se hizo inevitable. A tambor batiente, acompañando diferentes baterías, me di el gusto de darme cada año un baño de pueblo. Mi primer actuación en los tablados junto a la cuerda de Juan Angel Silva, fue haciendo parte de “Añoranzas Negras”en 1949.Mi más reciente tambor me lo regaló Juan “Velorio”, gran constructor de tamboriles. No dudo que ese tambor es la alcancía donde guardo mis sentimientos.
—El conventillo “Mediomundo”, ¿qué te atrajo de ese corazón de la raza negra?
—En el conventillo “Mediomundo” nacieron mis primeros cuadros. Desde su patio salíamos los días de llamada, a competir con la batería de Ansina o festejábamos en familia navidades y nochebuenas. Los hermanos Silva poseían una pieza que se llamaba “La Yacumenza” y en ella guardaba mi producción pictórica, mis útiles de trabajo y mi tamboril. El nombre lo había provocado una brasileña que vivía en las cercanías. Las noches de candombe solía gritar “ya cumenza” o ruido infernal.
—¿Qué es el carnaval para ti?
—Es un momento de desahogo, de libertad, de alegría. Es la excusa para que el pueblo pueda expresar su creatividad y su talento.
—¿Carnavales eran los de antes?
La ausencia actual del tablado esquinero le hizo perder al carnaval su contacto con el corazón del barrio. Los tablados eran el teatro del pueblo, tenían comisiones de vecinos y se levantaban en colecta pública. Eran la alegría del piberío. Hoy fueron sustituidos por los clubes sociales, algo bien diferente.
Julio “Kanela” Sosa
Bailarín de comparsa
—¿Cómo entró al mundo del carnaval?
—Eran otras épocas. Yo soy del Interior, pero de chiquito nos fuimos a vivir al Cerrito de la Victoria. Pertenecí al mundo del candombe accidentalmente. Te estoy hablando del año 49. Siempre me gustó el baile. Yo bailaba Folklore criollo, malambo, bailes de raíz española. Un día fui invitado a una comparsa muy importante que se llamaba “La Candombera”. Fui por una noche y terminé en el carnaval toda la vida. Llevo 64 años de carnaval.
—¿Que recuerda del conventillo “Mediomundo”?
Tengo toda la familia. Recuerdo el daño que le hicieron al tirar ese conventillo abajo, en la dictadura. Quisieron desparramar la cultura negra, para que vivan blancos y no negros molestos que tocaran el tambor . Pero siguen sobreviviendo después de toda la destrucción de aquella época.
—¿Que es el carnaval para ti?
Es la primer cultura popular que tenemos en este país. El candombe es la cultura uruguaya. He luchado más de medio siglo por la cultura afro-uruguaya. Ahora creo que el mundo nos está identificando con el candombe. Pero hubo muchas épocas de crítica, que si bailan candombe decían “mirá esos negros que toman vino”. Resulta que si veían dos negros tomando vino y veinte blancos borrachos, la culpa siempre la llevaban los negros. Errores de la sociedad.
—¿Carnavales eran los de antes?
Carnavales eran los de antes! No había que estar pagando todo como ahora, con escenarios cerrados. Era todo al aire libre. Cada tres cuadras había un tablado. El carnaval lo levantaban los vecinos, la comisión juntaba el dinero y se pagaban los conjuntos. Había un gran movimiento participativo.
Yo ahora para dirigir un conjunto necesito 17 técnicos. Arreglador musical, arreglador coral, diseñador, jefe de cuerda de tambores. Además se teatralizó mucho todo. El carnaval sirvió como fuente de trabajo. Pero yo soy chapado a la antigua.
—Recuerdos de las comparsas y carnavales más significativos.
Recuerdo en el 49 la llegada de Marta Gularte, en el 50 la venida de Carlos Albí, “Pirulo”. Grandes figuras que ya no están. Las comparsas tenían glamour. Marta Gularte y la negra Johnson, una venezolana que bailaba como una diosa. Unas mujeres bellísimas. Se mostraba una pierna, se insinuaba… . Todo era seducción. Me acuerdo que los chiquilines se tiraban debajo de las rendijas para ver si les veían algo a las bailarinas. Eran otras épocas. La raza, la elegancia, el glamour. Antiguamente se tomaba champagne de los zapatos de una mujer. Eran carnavales más refinados. Los vestidos te los pasabas un año bordando. Ahora es todo en telas chinas, japonesas, francesas, se trae todo. Antes había que hacerse todo, era puro sacrificio. Teníamos que bordar las lentejuelas una por una. Soñabas con la tela de chiffon, el brocatto, el percal, el raso puro…
Las murgas también tenían otro concepto. El saco, los zapatos y a la calle.
Todo era distinto en aquellos años. Por eso te digo, los mejores carnavales eran los de antes.
Catusa” Silva
Murguista, Araca la Cana
—¿Cómo fueron tus primeros carnavales como espectador? Los Tablados, los festejos, los primeros contactos con el carnaval.
Nací en Carnaval, un 5 de febrero. Yo vivía en un conventillo en Belvedere y de niños nos íbamos a la esquina del barrio. Los tablados en aquella época eran como jardines, estaban plantados en todas las esquinas.
En la adolescencia me pescó la inquietud. Araca ensayaba en la Teja, y fui curioseando, necesitaban un sobre primo. Me probaron y quedé.
Era un honor en los años 60, te encontrabas con una murga llena de negros. El “Chato”, el Luis, el “negro 40”. Para mi era un sueño, con toda esa gente.
—¿Porque murguista; cuándo y porqué?
Siempre fui un investigador de mi mismo. La murga salía de adentro de la gente. Tenían el micrófono abierto donde salía su voz.
—¿Qué es el carnaval para ti?
Es una emoción permanente. Este es mi carnaval 47. El otro día en 18 de julio en el desfile inaugural, sentí la misma emoción que cuando tenía 18 años y eso, nunca voy a dejar de sentirlo. El día que pase, lo dejo.
¿Carnavales eran los de antes?
Técnicamente es mejor el carnaval de hoy. Pasaron muchas cosas para que eso se diera. La época de la dictadura fue una de ellas. La gente del teatro se dio cuenta que éramos unos autodidactas, sin escuela, pero que teníamos un gran público. Hoy el que le hace la puesta en escena a Araca la Cana es el “flaco” Denevi. La murga tiene eso, de dar. Nos da fuera y dentro de fronteras.
—¿Cuáles son tus recuerdos de las murgas y carnavales más significativos?
Los años 60 fueron muy importantes. Fue como una guerra civil. Había que decidirse, tomar partido. O cantarle a las flores y la pollera corta o hablar de lo que pasaba. “Los diablos verdes” y “La Soberana” son un pedazo de historia de aquel Uruguay. Todas esas cosas han pasado por mi.
En el año 73, con los Diablos y Araca nos invitaron a la marcha del 1° de mayo. Estábamos a la cabeza de la primera columna de barrios como La Teja, Nuevo París, Cerro. Miles y miles de trabajadores. Delante de esos miles de trabajadores iban los murguistas, vestidos a cara pintada. Fuimos hasta el Palacio Legislativo. Aquel primero de mayo, abrimos la brecha.







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