Centro Cultural de España

Rincón y Bartolomé Mitre

Más de una tertulia o sobremesa he destinado, en todo o en parte, a discutir la valía de un buen café. Cual actores de Woody Allen discutiendo si la vida es tragedia o comedia, he tenido que sostener más de una vez contra viento y marea que el café no es un simple complemento de algo, es un valor en sí mismo. Tanto que puede ser desde cierre de comida hasta antojo vespertino, y que es incomparable el café de máquina con filtro, cargado y de buena marca, con ese que se bate con azúcar y viene en sobrecito… ¿Por qué toda esa intro para hablar de la cafetería del CCE? Porque una de las cosas que tiene el CCE en general es la de valorar esas pequeñas grandes cosas que componen y definen la decisión de sentarse en la mesa en un lugar. El lugar acompaña perfectamente todas las virtudes del centro en general, al que acompaña con un café excelente, de una marca ya mencionada más de una vez en este espacio: Illy, un entorno cálido, una infinidad de publicaciones del mundo de difícil o imposible acceso por estos lares, algunas que incluso han dejado de existir. Y en un clima que invita, por movimiento, decibeles, etc, a la lectura. Vale como pretexto de concurrencia por sí mismo, ni que hablar como complemento de alguna de las vastas actividades que ofrece el CCE en general.

La Esmeralda

Canelones y Jackson

Que tema el del Olímpico. No sé ustedes, pero soy de los que no puede comer cualquier sandwich olímpico. No es una hamburguesa, una pizza u otro tipo de sandwich, que cumpliendo determinados estándares básicos “se deja”. No, el Olímpico tiene que conjugar que todos sus ingredientes comulguen casi a la perfección. Para empezar, el pan tiene que ser fresco, esponjoso y no demasiado grueso. Tiene que contener, no hacer “bulto”. La lechuga verde y crocante, que la sientas al masticar, y el tomate rojo pero no demasiado maduro, ambos transmitiendo frescura. La mayonesa que se sienta pero no moleste. El jamón que tenga un sabor por momentos dominante y que nunca sea un adorno estético. Y el huevo duro… ¡el huevo duro! tiene que tener mucho huevo duro. Admito que soy de los “anormales” a los que les encanta el aceite de oliva pero detesta las aceitunas, por lo tanto en mí Olímpico, no van.

Cuestión, que una fría tarde de junio, nublada y ventosa, me encontré con un olímpico así de rico en La Esmeralda. Y encima el café está muy bien, Bahía según dijo la moza, y las masitas para el postre, muy ricas. No es barato, pero vale cada peso que cuesta. Digamos que por precio, y por “onda”, no es para todos los días, pero que bien esta para saborear en una tarde de invierno. Un reparo: no hay ningún lugar claramente visible donde diga que hay consumo mínimo con tarjeta de crédito, la carta sería un buen lugar para anunciarlo.



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