 Maldonado y Cassinoni Lo primero que me llamó la atención fue el detalle con el que estaba atendido. Desde la dueña recibiéndote cuando entrás, hasta la estética del lugar y su agradable colorido, hasta los paquetitos de azúcar y edulcorante agrupados simétricamente. Hasta en el nombre, al que María, la dueña, llegó hace muchos años en un cruce de caminos entre el surrealismo de las vanguardias y Freud. Pero lo mejor estaba por venir. Bar de tapas, de comida española, tiene un destino de elección gastronómica fijo, inevitable y determinante: la tortilla de papa. Por lo menos para este humilde comensal, que muere por ella. Y murió. La papa cortada fina y alargada, tipo chip aunque no tan delgada. Y como ya he mencionado en esta sección, bien babé. Esto es, lo justo para que no se desarme, pero se note. De ahí a unos calamares a la gallega. Muy sabrosos y con un detalle fundamental: lo bien preparado que estaba el calamar, cuya textura hace que exista el riesgo de que quede “chicloso”. Pues no, estaba perfecto, tierno, disfrutable. Y por último, morrones rojos rellenos de morcilla dulce. Todo un riesgo para alguien que no es muy amigo de la morcilla. Y valió la pena. La morcilla, sabrosa pero no invasiva, combinaba perfecto con el morrón rojo, tierno, gustoso. Y todo acompañado por una cerveza “tirada” Mastra. Nunca la había probado. Muy buena. Con cuerpo, fuerte, de esa que sentís pasar por boca y garganta. Un muy buen banquete.
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