 Dirección: Adrián Biniez Elenco: Horacio Camandule y Leonor Svarcas. Hace pocos días y después de verla, leía un análisis de Fernando Epstein, productor y montajista de la película, en el que “aterrizaba” un par de conceptos que me daban vueltas a partir de comentar Gigante con conocidos o de leer y escuchar críticas acerca de ella. Está claro que el factor sorpresa, que si tuvo 25 watts, ya pasó, y que la “ola” de masividad relativa del cine nacional, también. Ese cine de referencias cotidianas, de historias sencillas o mínimas como las llaman algunos, armadas alrededor de uno o pocos más personajes, no les gustan a todos, y si no hay “boom” detrás, menos.
¿Por qué toda esta intro? Porque explica que este cine tenga un tope estimable de público y hasta a quién le va a gustar y a quién no. A mí me gusta en general y mucho. Gigante en particular. Esa historia de amor, como hilo, por los “costados” nos muestra una cotidianeidad ajena pero que tenemos en nuestras “narices” o en nuestras nucas. Tediosa, rutinaria, agobiante, por lo menos para quienes nunca nos habíamos detenido en una de esas. Sus desgracias y alegrías, sus fortalezas y debilidades, sus sueños y frustraciones; todos condimentos que alimentan esa historia que comparte obsesión con ternura, tesón con timidez. Bien “rodeada” por la fotografía y la música. Posee una actuación sólida de Camandule y una escena memorable, comiendo panchos mirando Rampla-Progreso, sobre la que no ahondaré porque si la viste sabes de qué hablo y si no, perdería gracia. Lo mismo sobre un detalle del final, sobre el que cualquier mención molestaría al que no la vio y que quedará para charlas personales con quienes la hayan visto. Vea la revista en el formato impreso
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