Pinta en una cúpula, su vista es al mar, siempre. Porque no hay horizonte más eterno que el de un soñador: “Creo más en el intento que en el hallazgo. Lo importante es tratar de no llegar nunca”. Su casa ancha como un pueblo define el alma de su soñador, que con 87 años ha abierto orificios de luz en la pintura y las formas, pero también en la mentalidad de una época y un tiempo. Pionero y generoso en su propuesta, su obra se desplegó de la misma forma que el viajero pintó murales y obras en cada país que visitó, dejando huellas, tambores, soles y colores
Por Laura Federici — Publicada en junio de 2011“El mundo es pequeño, y merece ser recorrido”. Esa fue la frase insignia de este hombre que recorrió cinco continentes y dejó su huella de murales y obras en cada sitio en el que estuvo. Hizo del trueque su modo de vida y durante décadas cambió cuadros por unos pesos, comida o alojamiento en el exterior, como fue el caso del mural que pintó para Marlon Brando en su casa de Tahití. Su espíritu aventurero lo llevó siempre al encuentro de los acontecimientos. Brigitte Bardot, el Che Guevara, Piazzola o Picasso son algunas de las figuras públicas más relevantes que conoció, entre tantas anónimas con las que compartió conventillo, miseria o rebeldía.
Cuareim 1080 fue su lugar, su atelier, la raíz de su pasión. Las llamadas y el tambor lo ven pasar cada año con la misma intensidad de aquel desconocido que alquiló una pieza en el Mediomundo porque ese era su lugar. “El Mediomundo fue mi mundo entero” dice el hombre a quien, hasta el día de hoy, todo el barrio sale a saludar cada vez que pisa los adoquines de la calle Curuguaty.
Todos los santosLa comadrona agarró en sus manos al niño robusto y pleno, de grandes manos, augurando un futuro de artista: músico o pintor. Era el 1º de noviembre de 1923. Carlos María era el tercer hijo del matrimonio compuesto por Páez Formoso y Rosa Vilaró, una típica familia de clase media alta de la sociedad uruguaya de aquel entonces. Desde una casona en la rambla de aquel privilegiado barrio Pocitos, hasta Cordón o Malvín, tuvo una infancia feliz, plena de juegos, con la pintura siempre presente en sus manos. La adolescencia lo encontró a varias paradas de su destino final de educación, y el puerto del Buceo atrapó su atención entre pescadores, yates y marineros. El espíritu inquieto decidió hacerse a la mar y probar suerte cuando la situación económica familiar no era la mejor. “Siempre fui un buscador de ilusiones. Pasé por el mundo tratando de aspirar aquellas cosas que podían ser útiles para mi inspiración. En el sentido insolente, de escuelas y de maestros, me tiré en el océano sin saber nadar”, recuerda Páez. Fue fosforero, tipógrafo y pintó dibujos en plazas por dos pesos en su periplo bonaerense de aquella época.
A su regreso a Montevideo, le costó hallar su lugar. Intentó llevar una vida acorde con las expectativas sociales, pero “otro mundo” lo atrapó. Cuenta que desde el día que vio pasar una comparsa, una víspera de nochebuena, supo hacia donde tenía que ir. Marchaban hacia la calle Cuareim, ya eran una multitud de alegría y tambor, y el joven Carlos los acompañó.
“Yo estaba casado y llevaba una vida pacífica y social dentro de un mundo de confort, horarios y obligaciones. Por otro lado convivía con lo que era mi pasión. Tuve la suerte de conocer a un muchacho negro que se transformó en mi hermano. Él sin hablar me decía cosas. Yo al lado de él entré en un mundo mágico, el de los afrodescendientes del Uruguay”. Sus cuadros comenzaron a reflejar un mundo que se iba deslizando muy dentro de su alma. “Pude pintar su intimidad, las mujeres con las manos en el jabón, verlas subir las escaleras caracol, armar el árbol común de navidad, compartir el pan entre todos; esa vida al natural me facilitó toda la grandeza del espíritu para transformarme en un hombre con una sensibilidad distinta que pude desarrollar como artista”.
En lo que respecta a su obra, hay dos influencias fundamentales: “Figari fue la luz inicial que me iluminó un camino insospechado, empecé pintando con los candombes pero después se fue introduciendo en todos los aspectos. La obra de Figari me vinculó a la vida de los afrodescendientes, a la vida de los negros, de los conventillos y las comparsas”. El encuentro con su hija, en el que entablaron una charla y una cordial relación, le mostró toda la obra: “Me dije, si él lo pintó desde el recuerdo yo lo voy a pintar desde la realidad”.
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