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Los secretos de Laureles

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En nuestros sueños creíamos haber develado sus secretos. Pero la caprichosa realidad, por suerte, no suele considerarlos.

Por: Horacio “Tato” Lopez — Fotos: Diego Urrestarazu

Pepi y Diego con sus veinte años de matrimonio, Stella ?superarquitecta y supermacanuda?, un moderno e incontenible Jeep 4 × 4 y quien escribe componíamos el comando que una madrugada, luego de dos años de intensa preparación y paciente espera, salió en busca de la mítica quebrada de Laureles, de la cual solo teníamos conocimiento por los libros de Raúl C. Praderi, tan cercanos a una apasionada leyenda como a un relevamiento geográfico.

Ya en la Ruta 5, mientras levantaba el sol, el aromático mate con cascarilla de cacao y unos brownies caseros disolvieron las estructuradas defensas urbanas y, entre somnolientas sonrisas y preguntas, nos desentendimos y dejamos a nuestros mundos interiores que charlaran. Seis horas después, que las percibimos apenas un poco más largas que una tanda televisiva, con los norteños cerros chatos por horizonte y luego de pasar la ciudad de Tacuarembó, llegamos al polvoriento camino vecinal por donde deberíamos transitar no menos de cincuenta kilómetros hasta encontrar la casa de unos lugareños, quienes, al parecer, nos alojarían y llevarían a conocer la zona.

No habíamos avanzado cien metros cuando Pepi y Diego ?conocedores de nuestra flora y fauna? gritaron ¡bandurrias! y saltaron del coche. Stella, sorprendida, quedó inmóvil dentro del vehículo, y yo, intrépido como pocos, bajé a ver lo que supuse sería una banda de nutrias o algo por el estilo… Perdimos la noción del tiempo ?de aquí en más esto sería una constante? y, con los expertos del grupo como si fueran directores de orquesta, señalando pájaros a diestra y siniestra, retrocedimos a las primaveras de nuestra infancia en que nuestros padres nos llevaban a ver las celestiales cometas: Ese pájaro blanco es una viudita... Esos negros son viuditas copetonas... ¿Lo oís como canta? Tiene nombre y apellido, se llama Juan Chibiro... Aquel azul es un celestón... El rojito es un churrinche. El incomparable Cirque du Soleil resultó no ser otra cosa que una pésima imitación de la intimidad de Mamá Naturaleza.

Dos horas después, luego de incontables paradas y a paso de carro alegórico para poder ver cuánto bicho nos cruzábamos, llegamos a la portera de nuestro destino inicial: el encantado establecimiento rural y emprendimiento turístico Bichadero, hogar de la familia Ingalls… ¡No, no!, disculpen, quise decir familia Fros ?aquella es tan ficticia como cualquier otra serie de la tele, y esta tan real como que cada mañana sale el sol.

Cuando Serrana y Darío, los dueños de casa, se casaron veinte años atrás, fueron a vivir a la propiedad que hace casi un siglo había construido uno de sus abuelos, en los campos que pertenecen a la familia desde 1867. A mediados del siglo xix, desde Alemania, llegó el primer Fros, antepasado de Darío. Hoy, por este paraíso, viene y va jugando y colaborando con los quehaceres la séptima generación de aquel aventurero: Alicia de doce años, Marcela de ocho y Clara de cinco. Esta familia, que comparte dormitorios y cenas con los visitantes, es el más cálido de los secretos de Laureles.

La tarde en que llegamos, junto a Mamá Serrana, transitamos minuciosamente a paso de pajarito el sendero de los Higuerones hasta llegar a la clandestina quebrada de los Helechos, donde habitan raíces gigantes de coronillas, guaviyús y molles, que emergen del colorido suelo. Más tarde, los tres ángeles nos llevaron a la cascada de Sonia, una caída de agua de más de diez metros rodeada de imponente roca viva. Y a la noche, con la llegada de la luna, la dueña de casa desplegó su capacidad culinaria para sorpresa de nosotros, que ya a esa altura nos sentíamos como en casa.

Durante la cena, Darío, el padre de familia, con su hablar lento y claro, nos empezó a hablar de los posibles paseos. A la mañana siguiente, luego de un reparador descanso y nutritivo desayuno campestre, partimos junto a Darío y Alicia ?la hija mayor? hacía la cascada del Indio y la cascada Grande. En el 4 × 4, a paso de caravana, nos montamos a la cuchilla y desde ahí descubrimos una geografía que en nuestro país sólo era posible en la imaginación de las maestras de escuela cuando hablaban de la cuchilla de Haedo: un horizonte de elevaciones y bajadas como una montaña rusa sin punto de partida ni llegada.

Caminando llegamos a la pequeña cascada del Indio y continuamos, entre agua y piedras que se asemejan a burbujas de aire de colores, hacia el que quizás sea el más impactante secreto de nuestro Uruguay profundo: la cascada Grande. Deslizándose por una alfombra de roca negra, desde no menos de veinte metros, la cristalina agua cae sobre una piscina natural que tiene por límites un bosque indígena que, por el momento, no da señales de haber sido descubierto por el hombre. Nadar para creer.

El cañón de las Bandurrias, hogar de la cañada del Sauce y la cascada del Cerrito, donde es posible ver sobre las inaccesibles paredes los enormes nidos de estas aves, es otro silencioso e impactante secreto de nuestra Pachamama. La cascada de Armúa, a la que sólo se llega a través de un bosque nativo donde los espíritus de árboles y animales se comunican en el idioma del sol y del viento, seguramente sea una creación de Gualicho, el alma festiva de los pobladores originarios de esta tierra.

Y hay más, mucho más, tanto como uno se atreva a buscar. Porque los secretos de Laureles, responsabilidad ecológica mediante, están a la espera del curioso turista que quiera verlos, y de los caminantes que, sin brújula ni tiempo, deseen descubrirlos.

Unos días más tarde, luego de despedirnos de nuestra familia de Laureles, emprendimos el retorno de este paraíso escondido creyendo que ya nuestra capacidad de asombro estaba saturada. Por el camino vecinal que nos devolvería a lo conocido y al asfalto de la Ruta 5, un supuestamente huidizo guazuvirá ?pequeño venado?, saltando más que corriendo, nos escoltó durante un buen rato a modo de despedida, deseándonos un feliz retorno. Es que una cosa es soñar, escribir o leer sobre los secretos de Laureles, y otra, vivirlos.

Reviva la experiencia del impreso Online!


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