viernes, octubre 20, 2017
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Andando el mundo: Australia

Desde los inicios de su historia Uruguay fue un país que se nutrió de la inmigración, fundamentalmente europea. La gente llegaba a nuestro país y, por el contrario, muy pocos se iban. Pero esta ecuación comenzó a virar, de manera muy gradual, a mediados de la década del 50 del siglo pasado en consonancia con la economía, que mostraba los primeros signos de estancamiento. La profundización de esa crisis -muy evidente a partir de 1960, y que se transformó también en política a fines de esa década y en los albores de la siguiente- determinó la caída del mito de “La Suiza de América” y un progresivo aumento de las tensiones sociales, que resultaron ser caldo de cultivo para una migración masiva.

Por Guillermo Pellegrino

Un porcentaje considerable optó por la lejana Australia, mucho más lejana en aquel tiempo cuando el viaje tomaba hasta cuatro días y la comunicación, entre Oceanía y América, se establecía principalmente vía correo postal, por lo que había que pensar en semanas para que una carta llegara a destino. Además Sidney, donde se afincaban la mayoría de los compatriotas, se visualizaba gris, chata y con escasa vida social; muy distinta de la ciudad pujante y viva de estos días, forjada al calor de las distintas oleadas migratorias llegadas a partir de los años 70. El idioma y el modo de vida australiano contribuían, asimismo, a acentuar esa distancia, aún más desoladora cuando pocos meses después debían abandonar el alojamiento proporcionado por el gobierno local en un complejo residencial y, con las urgencias del diario vivir al hombro, empezaban a dispersarse.

En tal contexto, y a su vez con la comunidad acrecentándose en forma constante, un grupo de emigrantes pioneros advirtió la necesidad de crear una institución que los agrupara, que los contuviese y que, de alguna manera, les “devolviera” algo de la tierra que debieron dejar atrás.

Luego de acondicionar una casa conseguida por Luis González -perteneciente al dueño del taller donde trabajaba-, el 25 de agosto de 1972 lograron cristalizar aquella idea. El club uruguayo empezaba a dar sus primeros pasos.

En los siguientes 25 años, por distintas razones y siempre con el sueño de contar algún día con un espacio propio, el club mudó su sede en cuatro ocasiones. Por esa época también pasó a llamarse Uruguayan Social & Sporting Club e incorporó el fútbol como deporte principal. Fue un período de gran efervescencia en el que se llevaron a cabo reuniones sociales de todo tipo, espectáculos artísticos traídos desde Uruguay y otros países de Latinoamérica, y un sinfín de actividades para ayudar a hospitales, policlínicas y escuelas de Uruguay, que pronto colocaron a la diáspora de Australia como una de las más solidarias de todas las diseminadas por el mundo.

El tesón y la cohesión en pos de un objetivo son otras cualidades por las que se destacó -y aún se destaca- la colonia uruguaya en tierras australianas: tras años de esfuerzo pudo comprar un terreno en Hinchinbrook, a unos 40 minutos en ómnibus del centro de la ciudad, con la intención de levantar un edificio de importantes dimensiones para albergar las distintas actividades de la entidad.

Con el apoyo de varios profesionales uruguayos debieron primero trabajar duro para gestionar los planos, permisos municipales, préstamos, garantías y muchos otros requisitos que exige la burocracia institucional en Australia. Tras sortear estos trámites, el ingeniero Carlos Quaglia, ad honorem, diseñó el inmueble y presentó los planos a las autoridades para que la edificación fuera aprobada. Una vez que se obtuvo el consentimiento, muchos compatriotas se abocaron a construir su segunda casa. Así dispusieron de su tiempo y participaron en tareas propias de la construcción -desde colocar ladrillos y pintar, a hacer la instalación de la eléctrica y la sanitaria-, plantaron árboles, hicieron las cortinas y colaboraron en decorados y otros detalles.

Así, en la nueva y hasta ahora definitiva sede del Club Uruguayo (del tamaño de un gimnasio de basquetbol), inaugurada el 18 de Mayo de 1996, además de una gama diversa de espectáculos, hay en la actualidad clases de zumba y yoga, bochas, grupos de karaoke y baile, y también se arman milongas semanales, entre otras actividades. Allí también funciona una radio on line y, en forma gratuita, la escuela Uruguay, a la que concurren niños de la tercera generación de emigrantes de distintas naciones latinoamericanas, para no perder el idioma y algunas de las costumbres de sus padres y abuelos.

Uruguay es el único país de América Latina que en Australia tiene una entidad registrada y con sede propia. Inclusive hay quienes aseguran que ninguna otra nación latinoamericana cuenta con un club con estas características fuera de su país; un dato que, a priori, es muy difícil chequear, aunque de ningún modo cambiaría la perspectiva sobre lo valioso de su función social y artística.

Por la condición de ser la única colonia que cuenta con un establecimiento propio, el club no solo es una referencia para la los uruguayos en Australia, sino que también lo es para la comunidad latina toda. Argentinos, colombianos, chilenos y peruanos, son algunas de las colectividades que recurren continuamente a sus instalaciones, a las que acceden sin costo, para organizar sus fiestas nacionales, eventos benéficos, jornadas electorales y una amplia gama de eventos culturales. En abril pasado, por ejemplo, Perú organizó allí una jornada solidaria a causa de las inundaciones que por entonces azotaban una parte de ese país. Gracias a la posibilidad de no pagar arriendo por el local para 800 personas, en solo una noche se pudieron recaudar U$S 20 mil para enviar a los damnificados. Por este tipo de gestos, y por muchos otros, se explica el prestigio que el club uruguayo tiene en aquel rincón del mundo.

“El club gana de las ventas que genera en la parrilla, el bar y la cafetería. Pero lo que se recauda no es suficiente para pagar sueldos, por lo que dependemos de colaboradores voluntarios para seguir operando”, asegura el actual presidente, Washington Avila, consciente del riesgo que se corre con esta dependencia del voluntariado, cuyo esfuerzo es digno de destacar. “A pesar de las diferencias, a menudo más visibles a raíz de la fatiga, todos tenemos claro el objetivo y hacemos foco en el compromiso social, que desde el inicio ha sido una de nuestras principales banderas”.

Casi sin excepción, los compatriotas afincados hace décadas en Australia coinciden en que el hoy cónsul en Sidney, Conrado Silveira, es quien históricamente ha tenido un vínculo más fluido con la diáspora en general y con el club en particular, al que acudió por primera vez el 25 de agosto de 2014, para la celebración de la independencia a la que asistieron unas 600 personas. “Fue impactante”, recuerda. “Desde el primer momento sentí gran afecto de la gente, de varios de los primeros emigrantes que nunca pudieron adaptarse del todo a Australia y sus costumbres… ¡Hay que conocerlo! El club es como un pequeño Uruguay en territorio australiano”, agrega.

En los últimos años, a raíz de los adelantos tecnológicos, la entidad ha tenido una gran exposición. Por el ahínco, disciplina y sentido de organización de sus integrantes es visto como un faro por otras asociaciones de uruguayos en el exterior, varias de ellas muy dinámicas, pero que no han podido tener un sitio propio para reunirse. “En los encuentros con los uruguayos del exterior que cada dos años organiza el departamento de Vinculación de Cancillería, todos me comentan de lo afortunados que somos por tener una sede donde reunirnos, ya sea para divertirnos o compartir soledades”, comenta Irma Cabral, una de las socias más antiguas, referente fundamental en las relaciones públicas.

Belky Secadas, en cambio, se acercó hace dos años y enseguida le contagiaron el entusiasmo. “Me hicieron sentir parte de un equipo que posee una meta en común: la de mantener vivo a este club, que fue el sueño de tanta gente”.

La supervivencia es por estos días el mayor desafío de quienes, con enorme sacrificio, llevan adelante a la institución. Casi todos sobrepasan los 60 años. A muchos se los nota agotados. Pero no bajan los brazos. Tal vez porque no ven un natural recambio generacional: son pocos los socios de 30 y 40 años; y menos los que quieren acceder a esta tarea voluntaria. Este grupo etario habla inglés a la perfección, lo que les permite moverse con soltura por fuera de la comunidad latina. Están sumidos, además, en las urgencias que impone el sistema y tienen tiempos escasos, esencialmente por las grandes distancias de una ciudad tan extendida como Sidney.

La dirigencia del club se sabe ante un trascendental reto. Y que más que nunca hay que avanzar, quizás aggiornarse en algunos temas, pero sin dejar de mirar por el espejo retrovisor, que les devolverá toda una historia de trabajo en pos de mantener los lazos de los uruguayos y latinoamericanos que hace medio siglo llegaron a Australia. Una historia de la que todos, sin excepción, se enorgullecen.

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