jueves, enero 18, 2018
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Kane, el Afortunado: Así nació “Batman”, el Hombre Murciélago

Dibujante precoz, hábil negociador, astuto previsor de oportunidades, eterno “ventajero”, como diríamos a la vera del Plata, pero por sobre todo bon vivant y mujeriego, Bob Kane, nacido en los barrios bajos de la Nueva York gangsteril de la Gran Guerra, supo abrirse camino con la determinación de un castor y la inexorabilidad de un tanque Sherman, hasta lograr consolidarse en un sitial de relevancia que muchos le envidiarían. Su célebre criatura, el Caballero de la Noche, terror del hampa y pitanza suculenta para la glotonería mental de los juveniles lectores de los recién emergidos comic books, es hoy por hoy, transcurridos 75 años de su creación, figura emblemática de la historieta, el cine y el culto popular

Por Carlos M. Federici

“Tuve mi filosofía propia desde el principio, en mi pobre vecindario del Bronx, en Nueva York. Siempre supe, intuitivamente, qué era lo que quería de la vida, me fijé mis metas y, a pesar de todas las dificultades, en ellas me obstiné hasta conquistarlas. Desde luego, el Destino y la Providencia juegan un papel muy importante en nuestra existencia: hallarse en el lugar justo, en el momento preciso, ayuda mucho…”

Estas palabras, expresadas por el historietista Bob Kane -célebre por su creación de Batman, el vengador nocturno-, condensan la esencia de su vida. La Dama Fortuna pareció sentir por él una especial predilección. Según él mismo lo reconociera, “he venido manteniendo un fogoso romance con ella desde mi juventud”.

Kane nació en 1916, de una familia de origen judío, en un barrio “bravo” del East Bronx, donde coexistían no muy cómodamente distintos grupos étnicos. Los individuos solitarios, como él admite haberlo sido, debían protegerse mediante el ingreso a alguna de las pandillas locales; se trataba de una cuestión de supervivencia. Inclinado al dibujo desde muy niño, solía solazarse con el lápiz y la tiza, entre batalla y batalla de pandillas.

Dado que sus padres no podían costearle un curso de arte, él suplía la falta de disciplinas académicas con la determinación más obstinada. “Me iba a dormir con un lápiz en la mano, y me despertaba asido a él todavía, para seguir garabateando sin descanso.”

1Una oportuna beca le permitió cursar dos años en un prestigioso instituto de arte comercial. De inmediato se consagró en cuerpo y alma a colocar las tiras que producía, siempre en el estilo humorístico, que era el que mejor dominaba. Fue un antiguo condiscípulo suyo, convertido ya en notable historietista y destinado a erigirse en verdadero icono del género, Will Eisner, quien le dio su primera oportunidad.

Así se inició una brillante carrera. Pero muy pronto la crisis económica le obligó a posponer sus ambiciones. Por un tiempo, se mantuvo trabajando en una sastrería, propiedad de un tío suyo. Detestaba este trabajo, divorciado por completo de su vocación, pero admite: “Me sirvió de valiosa experiencia. Ahí aprendí a reconocer las diferencias sociales: mi tío, el patrón, tenía escritorio propio, y también baño privado. Cuando me aceptó por fin en sus dominios, creí reventar de orgullo”.(*) Sin embargo, pronto dejó el empleo para volver a lo suyo. Una vez más lo acompañó la suerte, y obtuvo colocación en los famosos estudios de Max Fleischer, el creador de la vampiresa Betty Boop y del marinero Popeye; más tarde, el mismo productor lanzaría los magníficos cortos animados de Superman.

Lo rutinario de esa labor en el campo de la animación acabó por fatigarlo, despertándole añoranzas por su primer amor: las historietas. En 1938, el debut de Superman en Action Comics había marcado el inicio de una nueva era.

Y tal como se lo propusiera, Kane se encontró en el lugar exacto, Nueva York, en el más propicio de los momentos. Mediante hábiles negociaciones, se había asegurado un puesto en la empresa editorial que publicaba las andanzas del Hombre de Acero, National Periodical Publications (NPP), más adelante conocida como DC Comics. Uno de sus jefes, Vincent Sullivan, fue quien le sugirió que se dedicase a dibujar superhéroes en lugar de sus habituales caricaturas: “¡Superman les está haciendo ganar una fortuna a sus autores! Justamente necesitamos otro héroe parecido a él… ¿Te parece que lo podrías hacer tú?” ¡Cómo no!.

El debut se produjo en el número 27 de Detective Comics, en mayo de 1939. El nuevo personaje vestía traje de mallas, al estilo de Superman, y era tan esbelto y musculoso como él. Aunque la calidad de los dibujos de Kane dejaba bastante que desear, había en sus cuadritos un estilo especial, naif, dinámico y audaz. Batman tenía un aire más “misterioso” que Superman, con la capa a manera de alas de murciélago y la máscara provista de aguzadas orejas, todo ello destinado a aterrorizar a los criminales que odiaba desde que uno de ellos asesinara a sus padres para robarles.

El resto es historia. Y Kane sigue siendo figura principal en ella, porque, a diferencia de la mayoría, supo asegurarse de que su nombre apareciera siempre en la primera página de las historietas, aun cuando, más adelante, optó por dejar casi todo el trabajo en manos de otros dibujantes, a fin de contar con espacio suficiente para sus aventuras donjuanescas. En 1940 tuvo el buen tino de añadir al adolescente Robin como acompañante del protagonista, y la popularidad de la serie, que contaba con un guionista estupendo aunque injustamente relegado de los créditos, Bill Finger, se afianzó.

La buena fortuna de Kane continuaba. En 1943 -un “muy buen año” para él-, Batman debutó en la pantalla grande, personificado por Lewis Wilson. Y algo más: la película, si bien de de rigurosa “Clase B”, dio a Bob la oportunidad de alternar con el mundillo hollywoodense. Así conoció (y hasta usó de modelo para unos apuntes) a una bella rubia llamada Norma Jean, destinada a convertirse en la musa de los años cincuenta bajo el nombre de Marilyn Monroe…

Y años más tarde, a mediados de los sesenta, cuando (como resultado de la campaña anticomics desatada a fines de 1954) la popularidad de Batman pareció menguar, la buena suerte ayudó de nuevo a Kane de manera harto pintoresca. Hugh Hefner, el creador de Playboy, solía divertirse, en compañía de sus “conejitas”, presenciando de corrido los quince episodios de las aquellas series de Batman producidas entre 1943 y 1949. La extravagancia, que tenía lugar en el “Playboy Club” de Chicago, llamó la atención de un ejecutivo de la cadena ABC, quien propuso una serie basada en el famoso personaje, con Adam West y Burt Ward en los roles estelares.

La “batimanía” se desató como por milagro; Bob Kane salió -una vez más- favorecido.

Ya estaban por cumplirse treinta años de su participación en la confección de las historietas. Juzgó entonces llegado el momento de pedir el retiro, aunque sin abandonar, por cierto, su conexión con el personaje. Lo siguió de cerca, desde la versión paródica de la TV hasta las nuevas tendencias en los cómics de la siguiente década, cuando, ante las demandas de un público cada vez menos masivo y más sofisticado, DC retornó a las fuentes y eliminó a Robin -el elemento “jovial” de la serie-, para ofrecer un Batman más sombrío y hermético, consagrado al borde de la psicosis a su misión de venganza, a contrapelo de la Ley.

Pero aún faltaba otro mojón en el sorprendente camino de Batman.

En tanto Kane, alejado de la tabla de dibujo, se consagraba a otros intereses -como escribir guiones para cine y TV, recrear en coloridas litografías pop las escenas de su historieta, e incluso incurrir en un segundo matrimonio con una dama bastante más joven-, Hollywood llevó a la pantalla una vez más al Vengador Nocturno, pero ya no a escala “B”, ni tampoco con el criterio camp de los años sesenta, sino en forma de multimillonaria superproducción. Cuando se le solicitó su colaboración en calidad de “consultor”, Kane, un enamorado del cine desde su temprana juventud, no cupo en sí de gozo.

Otros largometrajes habrían de suceder al primero, de resonante éxito, pero el afortunado dibujante jamás olvidaría el momento en que, durante la première, rodeado de luminarias de la estatura de Kim Basinger y Jack Nicholson, estrellas de la película, comprobó alborozado, según cuenta, que la mayor demanda de autógrafos se centraba en su persona.

Su autobiografía, Batman & Me, editada en 1989, lleva el siguiente epílogo de Kane: “Aún me resulta difícil creer que he logrado tantas cosas en mi vida; algunas veces pienso que no todo ha sido un sueño. ¿Adónde habrá ido a parar el medio siglo transcurrido desde que concebí a Batman? Parece que fue tan solo ayer…”.

En ocasión del sepelio de Bob Kane, en noviembre de 1998, se lo recordó como el creador de un mito universal y la contrafigura del inmaculado Bruce Wayne (alter ego de Batman) en su porte y distinción personales.

(Versión condensada y actualizada por el autor del artículo publicado en “El País Cultural” Nº 369.) Disfrute de la revista en Issuu

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