viernes, noviembre 17, 2017
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Somos uno

Hubo un tiempo en que el hombre y su entorno natural eran casi uno. Un tiempo en que el ser humano tenía la capacidad de interpretar fácilmente las señales de la naturaleza. Se trataba de una cualidad necesaria para poder enfrentar los vaivenes de la vida nómade. Luego llegó la agricultura, la domesticación de animales y el sedentarismo y entonces el hombre, que hasta ese momento se desplazaba de acuerdo a los ciclos estacionales y la migración de las especies, tuvo que enfrentar los nuevos retos que surgieron a partir del resquebrajamiento de aquel diálogo fluido. Y la relación fue alejándose cada vez más hasta llegar a la época actual en la que consideramos a la naturaleza como el conjunto de aquellos elementos y seres vivos que nos rodean pero del cual no formamos parte.

Por Natalia Verdún

Aunque nos parezca que aquella unión primaria ya no tiene peso, lo cierto es que ese período representa la mayor parte de nuestra experiencia como especie. Está lejos en el tiempo, sí, pero tal vez podamos volver a sentir algo de esa conexión con el entorno que disfrutaban nuestros antepasados.

“Me puse a observar, simplemente dejé de pensar y sentí que ese bosque forma parte de mí y yo del bosque”. Quien habla es el ingeniero agroforestal Gastón Carro, que en la charla Re-pensar: nuestro vínculo con la naturaleza, organizada por el Instituto Goethe a fines de noviembre, se apoyó en su experiencia personal para contar algunas de las estrategias para recuperar esa relación de interconexión con la naturaleza. Una estadía en Chile, en la casa de un investigador que entre otras cosas se dedica al cultivo de bosques comestibles, fue el puntapié para ese sentir que Carro define como la ley fundamental de la naturaleza: la interdependencia, “una relación recíproca entre todos los que forman parte de un ecosistema a través de la cual se obtiene un beneficio mutuo”, explicó.

Esa reciprocidad tiene varios ejemplos prácticos, uno de ellos es la ventaja para el hombre y para el ambiente que deriva de la utilización del baño seco. Este es un sistema que no utiliza agua y que separa los desechos biológicos para luego ser tratados y utilizados como compost y fertilizante. En el manual para su construcción publicado por la Universidad Nacional de México y disponible online se explica que “las heces y la orina contienen nutrientes: nitrógeno, fosfato y potasio, indispensables para el buen crecimiento de las plantas. Al usarlos como fertilizante se aprovecha su valor nutritivo, principalmente de la orina, que contiene la mayor cantidad. Las heces después de 1 año en las cámaras de secado, tienen apariencia de tierra y la podemos incorporar a los otros residuos que usamos en el compostaje, o usarla como pre-abono en los árboles que rodean nuestros huertos o parcelas”.

El sentir de Carro de que el bosque y él forman parte uno del otro tiene a través de este sistema su expresión más clara y evidente: “mis nutrientes están en el bosque y a la vez nos alimentamos de lo que sale del allí”, explicitó. Antes de idear un baño seco, o de utilizar materiales de construcción como la tierra o la madera, antes de lograr sentir esa interconexión con el ambiente es necesaria una instancia previa de reflexión y de reaprendizaje sobre el vínculo con los otros. “Repensar la naturaleza es repensarnos en clave de sociedad. La educación ambiental no es solo para cambiar conductas, es mucho más que eso: tenemos que hablar de la transformación de la relación con nosotros mismos y de la relación con los otros para pensar en colectivo”, dijo la magíster en Educación Ambiental, Laura Barcia.

Según la especialista, también es necesario recuperar la identidad y el sentido de pertenencia y, de la mano con esto, “reenamorarse” del lugar en que vivimos: “estamos acostumbrados a mirar con sospecha el agua, lo tremendista no hace olvidar del disfrute de la naturaleza, de sentirnos y ser parte. A veces se hace el zoom demasiado pequeño o tan macro que estamos preocupados por el oso polar cuando tenemos situaciones, conflictos ambientales en la esquina de casa. Si no empezamos a vivir realmente, a generar respuestas sustentables, si no nos convencemos que la sustentabilidad es real y posible vamos a seguir hablando y, en definitiva, vamos a ser tan cómplices como el que no hace nada por modificar el entorno donde vive”.

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