Martes, Julio 25, 2017
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Hoja al viento

La particular luz del otoño dibuja sombras sobre el majestuoso paisaje de las sierras de Rocha, y me recuerda mi pequeño tamaño ante la inmensidad de la Tierra. El impersonal brillo de los ciclos de la naturaleza, anuncia que comienza el tiempo de dejar caer las hojas que ya no necesitamos más.

Por Alejandro Corchs

Acariciado por la brisa fresca, dejo que las viejas hojas se caigan con el viento. Recuerdo que por este mundo ya pasaron grandes seres humanos, aunque ninguno de ellos logró que el mundo deje de tener conflictos. ¿Será que ser humano es otra cosa que resolver problemas? Ya reconocí que la vida sin conflictos no existe. Ya sé que lo importante está bien ordenado en mi vida y en mi familia. Rememoro otros otoños que me encontraron desabrigado, y agradezco el camino que recorrí hasta este momento. Agradezco los caminantes que perduran a mi lado hasta hoy en día. Agradezco los caminantes que tomaron otros rumbos en alguna esquina de la vida. Agradezco a los caminantes que llegaron a su estación de destino. Agradezco a los caminantes que se subieron a mi tren hace poco tiempo. Agradezco al tren por su fuerza a través de las vías del destino. Agradezco lo que está por venir.

El fluir de la vida se observa con mayor claridad a la distancia. En lo cotidiano no logro fluir con lo urgente, o mejor dicho, lo hago a un precio demasiado alto. Me angustio por cosas que no valen la pena. Me pongo ansioso por desenfocarme, y me olvido que esos conflictos van a estar siempre que esté vivo. Esta paradoja me acorrala. Nada más quieto que un cadáver. La vida es movimiento.

Observo con atención, cómo mi cuerpo pierde la serenidad por tomar demasiado en serio, lo que ya sé, que no es importante. Es que nada del dolor me es ajeno, y eso hace que me acompañe el sentimiento de que si un hermano está mal, yo también estoy mal. ¿Quién puede descansar ante la presencia del dolor? Solo aquel que descubrió la verdadera naturaleza del dolor puede.

Una nueva ráfaga de viento me abraza y la hoja que me sostiene se dejó caer conmigo encima. El mundo se transformó en un mejor lugar gracias a una persona sensible que sintió el dolor de la injusticia, y se rebeló ante ella, con sabiduría. Gracias a que un ser humano se negó a asesinar a otro ser humano, el campo de batalla se transformó en esperanza. Gracias a que una niña compartió su comida con otra niña, el hambre se transformó en amor. Gracias a alguien que sintió el dolor, y supo qué hacer con él, la vida sana. Sentir el dolor no es el secreto, porque el dolor es inevitable en la experiencia humana. Rebelarte ante el dolor tampoco es secreto, una y otra vez se repite la revolución ante la injusticia. Una y otra vez, la injusticia se repite con un nuevo disfraz. El secreto está en saber qué hacer con el dolor. Es curioso que me encontré con la misma llave, para el dolor dentro de mí, como para el dolor fuera de mí: alimentar el corazón, es la única manera de encontrar la sabiduría para saber qué hacer con el dolor. Un corazón fuerte, sabrá sanar primero adentro, lo que luego reflejará afuera. Un corazón débil responsabilizará a los demás, por el dolor que siente él.

Mi hoja cayó sobre el suelo, para recordarme que estoy de paso sobre la Madre Tierra, veo muchas hojas a mi alrededor. Sonrío y pienso: ¨No estamos solos ni siquiera cuando nos morimos. Podemos sentirnos solos en cada instante de la vida, eso no quiere decir que estamos solos. Quiere decir que somos libres¨.

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