Miércoles, Agosto 23, 2017
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Alimento que sana

Para la familia la alimentación del niño comienza a ser un tema clave durante la crianza: el aumento o no de peso, la lactancia natural o artificial, la introducción de alimentación complementaria, los horarios de las comidas, la cantidad de alimento que ingiere el niño. Preguntas tales como “¿Cuánto aumentó?”, “¿Comió, no comió?” se tornan centrales en el eje de la vida familiar.

Por Silvana Barlocci – www.silvanabarlocci.com

La alimentación remite a la función materna. A nivel biológico el diseño mamífero prevé que quien alimente al recién nacido sea su madre a través del pecho. Un recién nacido no puede interpretar las distintas señales que provienen de su interior, y sólo identifica las sensaciones según le aporten placer o displacer. En este contexto, es que el hambre es experimentada como angustiante, desoladora y devastante y aquí es que acude la madre quien a través del pecho provee mucho más que alimento para el cuerpo del bebé. La madre al amamantar brinda calma, cobijo, seguridad.

El bebé, al recibir la leche tibia, recibe también la seguridad de ser tenido en cuenta, el deleite y calidez del amparo. Se va así estructurando un vínculo de amor y confianza con ese otro que lo cuida y responde a sus necesidades.

Por lo general, damos relevancia a qué come el niño y no al cómo lo come. Sin embargo, tan importante como el valor nutricional de los alimentos, es hacer foco en los hábitos saludables a la hora de ingerirlos y el vínculo emocional que establecemos con ellos.

Varias de las prácticas alimentarias que tenemos naturalizadas son poco respetuosas hacia el niño y su relación con la comida.

Dar mamaderas cuando el niño está dormido con el propósito de que duerma más tiempo, poner el chupete luego de introducir una cucharada de comida para que el bebé la trague, o no dar de comer porque todavía “no es la hora”, son ejemplos de cómo imponemos o negamos los víveres a nuestro antojo.

Conviene tener en cuenta que la ingesta no debería ser nunca una obligación, aquello de “una cucharada para mamá, otra para papá“ no sería lo más adecuado puesto que no posiciona al niño como sujeto activo de su nutrición, sino en una actitud pasiva, en donde come para que el otro se sienta satisfecho. Como consecuencia, el niño se irá alejando de su ritmo interno que le da señales de apetito o saciedad y esto irá en detrimento de su autonomía posterior a la hora de alimentarse.

Es importante estar atentos a algunos comportamientos que pueden mostrar los niños frente al alimento. Si lo rechaza, debemos cuestionarnos si en otras áreas se encuentra muy invadido y controlado. Por el contrario, si notamos que come sin hambre, o como parte de un comportamiento ansioso, deberíamos pensar en qué otros aspectos es que está siendo carente.

A la hora de acompañar a un pequeño a introducir alimentos sólidos, también es importante revisar qué tipo de vínculo establecemos nosotros con la comida, y cómo ha sido para nosotros el recorrido desde la infancia al presente con respecto a la alimentación. ¿Ante qué situaciones se nos cierra el estómago? O por el contrario, ¿qué me despierta un hambre voraz? ¿En qué momentos siento preferencia por algunos alimentos? ¿Cuáles rechazo y por qué? ¿Qué siento cuando mi hijo come y qué siento cuando mi hijo no come? Como familia, ¿cuáles son los alimentos que calificamos como “ricos” y cuales como “feos”? ¿La alimentación es para nosotros algo disfrutable o una mera obligación? Prestar atención al tipo de hambre que sentimos y sienten los niños, si responde a una necesidad fisiológica, entonces será atendida con serenidad y placidez, puesto que es un hambre que aparece de forma gradual lo cual nos permite planificar y satisfacerla de modo adecuado. En cambio, si el hambre responde a otro tipo de vacíos, si es un tipo de apetito que aparece de modo repentino e insaciable, seguramente esté intentando serenar algún aspecto emocional que no ha sido resuelto.

El hambre afectiva suele intentar calmarse con comida de menor calidad. La famosa comida chatarra se consume frecuentemente en soledad y de modo automático, sin tener mucha conciencia del acto de alimentarse en sí. Lo ideal sería dejarlos participar de todo el proceso de elaboración de la comida, desde la selección y compra, hasta la elaboración y presentación. Hacer que el niño sea partícipe de su propio proceso nutritivo, preguntarle qué quisiera comer, cómo lo pueden preparar, y permitirle manipular los alimentos. Esto no significa que la casa se convertirá en un restaurante, ni que los niños comerán todos los días papas fritas, sino que se les ofrecerá una variedad de alimentos saludables y de buena calidad para que, dentro de ese márgen, sea el propio niño quien decida cuanto y cuando comer.

Propiciar el encuentro a la hora de la comida, permitir que los pequeños se incorporen a la mesa familiar sin presiones, tener conversaciones agradables en donde el niño pueda participar, invitar amigos a comer, no utilizar celulares ni televisión, son prácticas que van haciendo grato el proceso en lugar de entorpecerlo. En este caso, las formas también son importantes, más allá del contenido (el alimento). El clima en el que gire la alimentación en una familia será clave para establecer la relación que tengamos con ella. Alimentarse sanamente no es simplemente ingerir comida saludable, sino establecer una buena relación con el alimento. Al lograr esto, naturalmente se seleccionaran comestibles de buena calidad para ingerir.

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