Viernes, Junio 23, 2017
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Ni uno más

Niños que acosan, humillan y hostigan a otros niños. Niños que piden desesperados no ir a la escuela, que sufren en silencio, que harían (y hacen) cualquier cosa por ser aceptados entre sus pares. El bullying o acoso escolar se ha convertido en uno de los mayores temores a la hora de enviar a nuestros niños a un centro educativo. Sin embargo, el proceso que desencadena que un niño sufra bullying no comienza en la escuela, sino en la propia casa.

Por Silvana Barlocci — www.silvanabarlocci.com

Conviene diferenciar el bullying de los conflictos habituales que surgen de la interacción entre niños. No se trata de niños peleando, ni de un enfrentamiento en el recreo. Hablamos de bullying cuando existe una agresión sistemática y estratégica que se extiende por un período prolongado de tiempo. Este enfrentamiento incluye tres lugares posibles: la víctima, el agresor y los observadores, también llamados masa silenciosa. Como padres tenemos que tener en cuenta que nuestro hijo corre riesgo de estar en cualquiera de estos tres lugares a lo largo de su infancia.

La duda que surge de la angustia de imaginarnos a nuestros pequeños sufrir acoso escolar es: ¿qué podemos hacer para prevenirlo? Para evitar que sufran maltrato deberíamos comenzar por no maltratarlos nosotros. Lo que un niño vive en el seno de su familia es lo que se le presenta como natural, y de algún modo si aprende a que la ley del más fuerte funciona, no dudará en aplicarla ni le parecerá algo extraño cuando la apliquen con él. Muy por el contrario, un niño que se siente valorado y respetado, que se desarrolla en un clima de equidad y tolerancia, identificará prontamente si está participando en un circuito de violencia. Esto, que resulta tan básico, es conveniente resaltarlo para no olvidar que aquello que tememos fuera, por lo general no es muy distinto de aquello de lo que debemos ocuparnos dentro.

Concretamente, será crucial el desarrollo de la autoestima de los niños, y esto no solo incluye que se sientan valiosos, sino que también tengan integrado que van a ser escuchados si lo necesitan, que van a ser tenidos en cuenta y que no serán juzgados. Tienen que saber que tienen a quien recurrir. Hay una tendencia a tratar los temas de los niños como si tuvieran una importancia menor, y se alienta a no intervenir y a “aprender a defenderse”. Sin embargo, pedir ayuda también es una estrategia defensiva. Implica identificar que estoy siendo agredido, que no puedo solo y que sé a quién recurrir, proceso interno no menor cuando de no caer en circuitos de violencia se trata. Por lo tanto, resultará acertado que si nuestro hijo nos cuenta alguna situación que identifiquemos como violenta en la escuela, podamos problematizarla en casa. Conversar, dar ejemplos, ayudar a empatizar, a identificar el problema, a reconocer referentes adultos que puedan fomentar un clima de respeto.

El niño debe saber que estaremos ahí pase lo que pase y haga lo que haga; apoyarlo no significa justificarlo si actúa mal, sino que implica respaldarlo para que pueda dirigir la situación de modo asertivo.

Hay una predisposición a identificarse con la víctima y a buscar el castigo del acosador, perdiendo de vista que el niño que humilla es también víctima de un sistema mayor que no lo protege. Seguramente, ese niño, esté manifestando en la escuela la misma soledad, humillación o violencia (a veces sutil) que vive en casa.

Tampoco podemos perder de vista el rol de la masa silenciosa, quienes callan ante el acoso, y de algún modo también lo perpetúan. Cabe recordar que sin público que lo avale, el bullying no sería tal. Tolerar el maltrato es respaldarlo. Es vital tener en cuenta este aspecto a la hora de abordar el tema. Ser siempre el ejemplo, que nuestros hijos nos vean actuar ante las injusticias de un modo sereno pero contundente, tener mirada crítica sobre la violencia naturalizada en la vida cotidiana y trabajar con ellos la importancia de no mirar hacia otro lado.

Amparo sería aquí la palabra clave, ya que mucho antes de llegar a situaciones extremas, seguramente hemos tenido varias señales de que algo no andaba bien. A fin de cuentas lo esencial es que el pequeño cuente con la suficiente mirada adulta que logre identificar si se ha activado el circuito de violencia. La receta es siempre más o menos la misma: estar atentos a su mundo interno, a su modo de relacionarse, a sus habilidades sociales. Problematizar situaciones cotidianas en donde pueden verse involucrados, ayudar a encontrar soluciones acertadas y pacíficas ante el conflicto. No justificar nunca una reacción violenta, aquello de “si a vos te pegan, pegá” no enseña más que a perpetuar un modo impulsivo y agresivo de relacionarse. Y siempre cuestionarnos, reflexionar, evaluar de qué modo estamos nosotros relacionándonos con ellos y con nuestro entorno, porque podemos teorizar, conversar y advertir sobre el bullying, pero si no revisamos la manera en que estamos educando, poco podremos hacer para evitarlo.

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