viernes, octubre 20, 2017
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Nuestros hijos y su infancia

Hay fantasmas tan temidos que preferimos cerrar los ojos y pretender que viven bien lejos; lo más lejos que nuestro miedo permita. Pero de pronto lo estremecedor comienza a resonar y parecería que se vuelve figura. Sin embargo, el peligro siempre estará latente, lo nombremos o no, lo veamos o no, y la diferencia la hará -como siempre- el nivel de conciencia que tengamos sobre la realidad. El abuso sexual infantil es una de esas realidades en las que no queremos hacer foco hasta que de algún modo irrumpe en la escena cotidiana y nos surgen miles de cuestionamientos: ¿Le podría pasar a mis hijos? ¿Cómo hago para protegerlos?¿Qué les digo para que estén alertas pero sin asustarlos?

Por Silvana Barlocci — www.silvanabarlocci.com

Hablamos de abuso sexual en la infancia cuando hay actividad sexual entre un adulto y un niño o entre dos niños, siempre y cuando uno de ellos ejerza poder sobre el otro. Para que ocurra abuso sexual es indispensable que exista asimetría en el vínculo, la cual puede estar dada por la diferencia de edad entre abusador y abusado, y/o también por un control ejercido mediante fuerza, imposición o amenaza. También es importante resaltar que el abuso sexual no siempre incluye violencia explícita, y que paradójicamente suele darse que el abusador es una persona querida y cercana al niño. Esto resulta un punto confuso para los padres ya que nos deja muchas veces perdidos y desorientados.

En un intento de salvaguardar a nuestros hijos vamos a tomar algunas medidas tales como advertirles que nadie puede tocar, ver o filmar ciertas partes de su cuerpo, que si alguien hace algo que no les gusta deben contarnos enseguida, que no hay que guardar ciertos secretos y otras varias indicaciones. Pero nada de esto bastará para evitarlo, o por lo menos, no exclusivamente. Es conveniente recordar que la mayor prevención vendrá del hecho de que el niño no esté adaptado a amoldarse a relaciones abusivas, ya que el abuso sexual, se basa en el exceso de poder de un individuo sobre otro debido a la desigualdad en el vínculo. Por lo tanto, uno de los factores de riesgo ante el abuso sexual infantil es una crianza de tipo autoritaria basada en chantajes, luchas de poder, amenazas y un sistema de premios y castigos que manipule la conducta del niño. ¿Por qué? Porque éste tipo de educación hace que el niño se acostumbre a actuar para agradar al otro, evitar un castigo y lograr aprobación. Hay un sometimiento del niño al deseo del otro sin que medie la voluntad del pequeño. Se enseña a obedecer sin chistar, sin pensar y sin negociar. En un contexto opresor, que promueve la culpa y el doblegamiento de voluntades, se genera un alejamiento del propio centro, lo cual hace que se dificulte el contacto con el sentir individual. Entonces puede ser confuso identificar si está bien o mal, si le incomoda o no, si le resulta agradable o no, porque el niño ya estará acostumbrado a no confiar en sus percepciones y a que la norma sea regulada externamente.

Es también de vital importancia que el niño se sienta dueño de su cuerpo, sus procesos y funciones. De nada vale advertirle que nadie debe tocar algunas partes de su anatomía, si nosotros mismos hemos manipulado su cuerpo sin ningún tipo de respeto ni tolerancia a su ciclo de crecimiento.

¿Hemos respetado la postura natural de su cuerpo desde que era bebé? ¿Intervenimos invasivamente en el proceso de control de esfínteres? ¿Solemos manipular el cuerpo del niño como si fuera nuestro y no suyo? ¿Los presionamos para dar besos o tener contacto corporal cuando no desean hacerlo? ¿Los obligamos a abrigarse sin que sientan frío, a comer sin hambre, a dormir sin sueño? Todas éstas son prácticas cotidianas que van alejando al niño de la percepción de su propio ritmo, quitándole la posibilidad de conocer sus gustos, sus necesidades y el modo de satisfacerlas.

Estas prácticas por sí mismas, no darán como resultado algo tan trágico como que el niño sea abusado, pero sí establecerán la base de alguien que estará más vulnerable a la hora de defenderse.

Otro punto que resultará clave es el nivel de confianza que establezcamos con nuestros hijos al comunicarnos. El valor que damos a su discurso, a su realidad, a su modo de percibir el mundo. El modo en que ayudamos a resolver sus conflictos con sus pares o con otros adultos será también crucial. Si no estamos de su lado cuando tiene discrepancias con sus amigos, hermanos e incluso otros adultos ¿qué es lo que nos hace creer que podrá confiar en nosotros cuando se sienta amenazado o presionado por otra persona? Estar de su lado o establecer un vínculo de confianza, no significa darle siempre la razón, no educar o no establecer normas. Lo que sí implica es intentar ver el mundo desde su óptica, escuchar sus puntos de vista y en la medida de lo posible, tenerlos en cuenta. Mediar en sus pleitos para darles herramientas de intervención y habilidades sociales. Y por supuesto, la vital importancia de una mirada amplia, abarcativa y profunda hacia nuestros hijos y su infancia. El acompañamiento en el día a día, conocer sus pasos, su mundo interno, sus sueños, sus miedos, sus ilusiones. Interesarnos por ellos, ya que sucede a menudo que nos perdemos en la funcionalidad de la crianza y somos padres muy eficientes y demasiado pragmáticos, perdiendo foco en lo que más importa. Se hace imprescindible realizar una permanente revisión de las propias incongruencias y contradicciones, porque nada acontece de forma aislada ni repentina, sino que se va tejiendo en un entramado complejo de variables que permiten el despliegue de una u otra experiencia .

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