viernes, noviembre 17, 2017
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Santa paciencia

Quienes convivimos con niños pequeños, sabemos bien que para lograr un ambiente de armonía y cordialidad se necesitan dosis extra de paciencia. Conocemos de sobra que con la buena voluntad y la intención no alcanza al momento de un desborde. Criar y educar niños no es tarea sencilla. Nos implica una disponibilidad tanto interna como externa que no siempre es fácil de sostener. Por lo general nos cuesta encontrar el recurso para gestionar las situaciones que se presentan y apelamos a herramientas tan arcaicas como dañinas. Paciencia, es lo que necesitamos a raudales.

Por Silvana Barlocci – www.silvanabarlocci.com

¿Dónde la encontramos? ¿Cómo la obtenemos? Asociamos el tener paciencia con el no actuar, no hacer nada y dejar que los niños hagan lo que quieran. O también, entendemos por paciencia el aguantar estoicamente situaciones que nos molesten. Sin embargo, tener paciencia es lograr empatizar con el otro y comprender a fondo sus necesidades y demandas, poder evaluar las variables que existen para cumplirlas de un modo certero y conveniente. Esto incluye, poder esperar el tiempo necesario para que un niño comprenda determinada norma, y/o aprenda una destreza. Es la capacidad que necesitamos para acompañar el crecimiento, guiarlo, conducirlo sin imponerlo. Tener paciencia con un niño no implica hacer siempre lo que quiere, ni darle la razón en todo. Significa comprenderlo en su mente de niño, en su capacidad de comprensión y entendimiento, en su sentir. Es tenerlo en cuenta y contemplar su planteo.

La paciencia en la crianza se vuelve indispensable porque es muchas veces lo que nos hace la diferencia entre la empatía y la agresión. Cuando perdemos los estribos y damos una respuesta inadecuada, estamos de algún modo también enseñando a nuestros hijos a conducirse así cuando están estresados. Estamos dando herramientas de acción, enseñando a manejar los conflictos de esa manera. Estamos, de algún modo, perpetuando un modelo violento de crianza. Somos o no pacientes en la medida que lo pudieron ser nuestros adultos con nosotros cuando éramos niños, y a la vez, actuamos con los niños según los recursos que hemos interiorizado en la propia infancia.

En el día a día, también vamos tolerando diversas circunstancias que nos violentan de uno u otro modo. Acumulamos diferentes dosis de ira, y a la hora de liberarla el eslabón más frágil de la cadena es el niño. Conservamos las formas con nuestros jefes, con vecinos, nuestras parejas, y sin embargo estallamos con los niños, que son quienes tienen menos recursos para plantear sus necesidades y hacer valer sus derechos.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar es importante tomar conciencia de cómo nos sentíamos cuando éramos niños, en qué cosas hubiéramos necesitando más tiempo, más comprensión y cómo fue para nosotros. Esto desde la mirada del niño que fuimos, no desde la justificación adulta. Los adultos siempre estamos repletos de argumentos y aliados cuando de justificar violencia hacia la infancia se trata.

Luego, debemos evaluar el modo en que estamos conduciendo nuestras vidas, si tenemos rutinas muy ajetreadas, si estamos sobrecargados de tareas, si tenemos espacio para el esparcimiento o no. Valorar si contamos con vínculos y ambientes que nos nutran, debemos cuidar mucho de nosotros para poder ofrecer una linda versión de ser humano a nuestros hijos. Es indispensable contar con relaciones adultas de calidad y confianza para poder sentirnos sostenidos y respaldados.

Ocuparnos de nuestro crecimiento personal, revisar la propia carencia y sanarla. Cuestionarnos y observarnos, desglosar lo que nos sucede, reflexionar cuales son los momentos más conflictivos o qué actitudes de nuestros hijos son las que nos provocan más enojo. Evaluar distintos modos de respuesta más pacíficos, elaborar estrategias. ¿Qué cosas me hacen perder el control? ¿Qué puedo hacer la próxima vez que me suceda? ¿Con qué recursos cuento? ¿Qué necesito para ser más asertivo? En el momento del conflicto, es importante prestar atención a los pensamientos del tipo

me lo hace de gusto”, “nunca lo va a lograr”, “a su edad, ya debería”, e intentar erradicarlos, ya que solo logran condicionarnos negativamente y dar una respuesta no adecuada.

Si percibimos que vamos a estallar, será conveniente alejarnos físicamente y tener estrategias como llamar a otro adulto, mojarnos la cara, conectar con lo que verdaderamente nos pasa, chequear si sentimos angustia, impotencia, rabia e intentar reconducirla. El humor es un gran aliado, si logramos ver con humor la situación, si vemos con perspectiva quizás logremos hacer un chiste, ridiculizarnos y reírnos para relajar la situación.

Es de gran ayuda también contar con espacios de apoyo entre familias, concurrir a talleres, grupos de juego, círculos de crianza. Contar con ámbitos de intercambio y a la vez, tejer una red de acompañamiento es algo que hace la gran diferencia. Hacernos responsables por nuestro comportamiento y no culpabilizar al niño de nuestra falta de recursos. No es lo mismo creer que un niño “nos saca de las casillas”, a hacernos cargo de que necesitamos cultivar más la paciencia y la capacidad de respuesta. Tampoco aportará sentirnos culpables, puesto que eso sólo nos dejará en una actitud pasiva. Hacerse responsable no incluye solamente lamentarse, sino tomar medidas concretas para mejorar y superarnos.

Taller Espacio Matriz

Todos los meses se implementará un taller para padres. En esta ocasión, Santa Paciencia será el tema a abordar. Se puede concurrir con los niños, que tendrán un espacio para interactuar entre ellos con una clase de yoga, respiración y mandalas. Padres e hijos podremos disfrutar una instancia, donde cada grupo se nutra de experiencias.

Por información: info@espaciomatriz.com.uy o tiempodecriar@gmail.com. Disfrute de la revista en Issuu

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