Domingo, Abril 30, 2017
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Un acto contundente

Pocos acontecimientos pueden marcar tanto la vida de una mujer como el hecho de convertirse en madre. Gestar un hijo y parirlo es un acto contundente. Cuando hablamos de partos, nos referimos al hecho orgánico mediante el cual el bebé aflora del cuerpo de su madre. Sin embargo, parir no es solamente una circunstancia fisiológica, sino también un suceso emocional, y conlleva una gran carga afectiva. Es un momento clave en la vida de una mujer, puesto que pertenece al universo de su sexualidad, intimidad y sensibilidad.

Por Silvana Barlocci – www.silvanabarlocci.com

El registro de como sea vivido este pasaje de mujer a madre cobra especial importancia puesto que va a determinar toda la vivencia maternal posterior. No es lo mismo parir un hijo con placer que con dolor, con confianza que con miedo, humillada o respetada, en soledad o amparada. No es igual sentirse sostenida que desolada. Ni siempre que una mujer se encuentre acompañada se siente refugiada, así como tampoco el recibir un buen trato es sinónimo de ser considerada ni tenida en cuenta como sujeto activo en el proceso de nacimiento. No sería tan relevante lo que acontece en el parto en sí, ni las prácticas que se lleven a cabo, como el modo en que cada mujer las integra y procesa. Pero lo que siempre sucederá, sean cuales sean las condiciones en las que se produce el alumbramiento, es que resulta una experiencia avasallante en la que todo nuestro ser resulta comprometido.

A nivel físico, el trabajo de parto se desencadena a raíz de la segregación de un cocktail hormonal liderado por la oxitocina que no solo produce contracciones uterinas sino que también otorga una sensación de calma, amor e intimidad. Todas las hembras mamíferas producen su propia oxitocina, siempre y cuando se sientan atendidas, relajadas y respetadas. Sin embargo, al sentir miedo, estrés o peligro se segrega adrenalina, hormona antagónica a la oxitocina e inhibitoria de la misma. Es así como la propia naturaleza regula el comportamiento de la mujer durante el parto. Al sentirse protegida el parto será más fluido, relajado y placentero, en cambio si se estresa, asusta o inquieta, se hará más trabajoso, largo y doloroso.

Para que un parto sea vivido con satisfacción es necesario que la racionalidad de la mujer sea anulada, en el sentido de que su neocortex debe dejar de trabajar. La actividad del cerebro pensante inhibe el proceso del parto. La mujer en trabajo de parto debería lograr evadirse hacia otro estado más visceral; si se quiere, más animal. Somos mamíferas y parimos como tales, cualquier hembra necesita sentir seguridad e intimidad para dar a luz.

Permitir que un hijo se abra camino a través de nuestro cuerpo, es algo que no solo sucede en un nivel físico sino que también implica una apertura a nivel simbólica y psicológica. Es un acto que requiere coraje, amor, entrega y compromiso. Sin embargo, convertirse en madre implica también sumergirse en aguas que no siempre son serenas, es transitar un camino a veces arduo y peñascoso. Pero seguramente siempre va a resultar fundante de una nueva esencia en la mujer que devino madre y su vida dará un giro que no ha sido ni remotamente sospechado. Suele darse durante le etapa de embarazo una cierta idealización de la maternidad, y una vez que el nacimiento es un hecho, lleva un tiempo integrar la nueva realidad, acomodar el cuerpo y el alma, procesar, integrar y asimilar a ese bebé real que tenemos en brazos. Más aún cuando se trata del primer hijo, las ideas, expectativas, ilusiones y fantasías, suelen quedar desparramadas en la sala de partos, para dejar espacio a lo nuevo, deslumbrante y enigmático que trae el bebé consigo. Por lo general, el bebé real y el estado emocional de la madre no es el esperado, es como si el recién nacido develara con su presencia un misterio celosamente guardado.

Socialmente se da una cuestión paradójica; a la vez que se idealiza el embarazo y la maternidad, se la ataca y aleja. A la vez que se alienta a las mujeres a tener hijos, se las increpa cuando luego se apegan a ellos. Se tejen teorizaciones entorno a la maternidad que se desvanecen ante el primer baño de realidad, y una vez que las mujeres se ven sumergidas en ella pueden sentirse confusas ya que no hay una correlación entre lo que sienten con las expectativas de lo que deberían sentir. Paulatinamente cada mujer irá tejiendo su propia identidad como madre, su auténtico camino de maternaje. Cada dupla madre-hijo irá construyendo su propia historia, su entramado de vida y experiencias. Cada mujer irá integrando su vivencia dependiendo también de las posibilidades que tenga de conectar con aspectos más sutiles que hacen a su propio nacimiento, a su ser bebé, y a los cuidados maternales que recibió en aquel entonces.

Lo cierto es que, frente a un recién nacido no dejaremos nunca de fascinarnos por la nueva existencia que se despliega ante nuestros ojos, y la fuerza de la vida que se despliega con toda su majestuosidad y potencia.

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